lunes, 14 de enero de 2013

Crisis de pareja


 Como herencia de viejas creencias religiosas, existe el lamento de pensar que el amor verdadero es eterno. Sin embargo, la realidad cotidiana se empecina en demostrar lo contrario. En toda relación amorosa sobrevienen altibajos, tormentas, seísmos y, a veces verdaderas catástrofes. Como todo, también el sentimiento amoroso evoluciona a través de conflictos y contradicciones, de cualquier modo, la vida continua.
Aceptar lo relativo de toda relación de amor abre la posibilidad de mantener la capacidad de amar más allá de los vínculos culturales.
 Distinguir entre la capacidad de amar y el vínculo amoroso en particular resulta fundamental.
La confusión entre ambos elementos suele llevar a pretender que una relación de amor sea constante, e indisoluble la pareja.
Siempre hay un cierto momento en el cual se desata la crisis: alguna discusión, un áspero intercambio de pareceres, etc; pero en realidad toda crisis existe larvadamente mucho antes de que se produzca el estallido. Darse cuenta de ello ayuda a superarlo mucho mejor.

Los seres humanos que por vínculos afectivos toman la decisión de estabilizar su relación con la premisa de un compromiso vinculante, inician su vida en común, hoy en dia,  con la conciencia de que, si en un momento dado surge la sensación de estar equivocado, falta el afecto o la compenetración mutua, puedan abrir un cauce hacía la ruptura.
Éste es un sentimiento que en los últimos tiempos se ha generalizado considerando pues que, la unión (el matrimonio), no tiene por qué ser indisoluble. Sin embargo los planteamientos iniciales de las parejas se basan en la creencia de la perdurabilidad de su sentimiento afectivo.

El estallido de la crisis

Se generalizan como crisis de pareja distintos tipos de conflicto que acontecen en el desarrollo de la afectividad interpersonal. Son situaciones críticas que pueden ir desde los simples problemas de desadaptación, por un desigual crecimiento personal o un cambio en las formas de pensar, hasta situaciones mucho más graves de desafecto, aburrimiento, ganas de huir y necesidad de romper.
Procuraré que el concepto de crisis, tenga una visión amplia, a fin de dar cabida a una serie de elementos que son habituales en cualquier pareja.

Las crisis son necesarias

Antes de profundizar en el tema, cabe indicar que, desde el punto de vista de la psicología de la relación, hay que considerar la crisis de pareja como algo consustancial a la misma. Toda la vida afectiva y personal necesita de las crisis para su crecimiento y evolución. Uno de los problemas más graves de la vida de pareja es la tendencia a querer evitar las crisis, a simular una vida afectiva con una estabilidad a veces ficticia, o bien a emprender la vida en común como una carrera de obstáculos, en la cual lo más importante es evitar las situaciones de enfrentamiento y disconformidad con el fin de impedir la aparición de las crisis. Pero así es sólo se consigue el efecto opuesto, pues se fomenta la crisis y se inhibe el diálogo, produciéndose una situación de incomunicación.
De alguna manera se ha de defender la situación de crisis no sólo como algo realmente positivo en toda pareja sino incluso deseable, aunque parezca una contradicción. El hecho de que vayan apareciendo situaciones críticas en la vida de pareja no tiene otro significado que poner a prueba la vitalidad de los miembros que la componen.
La crisis de pareja varía en función de los períodos según sería de
  1. formación, 
  2. de instauración 
  3. y de consolidación.
1.- Las crisis de formación

Son aquellas que se presentan en la relación de la pareja durante la fase previa a su estabilidad. En la actualidad, ante tanta dificultad economica, se alarga el tiempo de la juventud social,  prolongando notoriamente el período anterior a la convivencia, denominado en otros tiempos noviazgo,  esto da lugar al aumento de las sensaciones de duda, circunstancia que constituye un conflicto importante para muchos jóvenes
Tras el enamoramiento, es decir la culminación de la fuerza de atracción en el impulso hacia el otro, se produce un asimilación intelectual del mismo, dando lugar a una cristalización de la afectividad.
El enamoramiento impulsa a la relación y provoca decisiones y proyectos, que a veces el análisis posterior, frío y razonado, cuestiona o pone en duda.
Cuando dos personas encuentran una respuesta afectiva de mutua atracción positiva, se pone en marcha el mecanismo formador de la pareja. Toda situación agradable tiende a ser repetida; de ahí la lógica tendencia a ir estableciendo vínculos que van comprometiendo la relación.
Se procura, al principio, no hacer referencias al futuro a largo plazo, y progresivamente se tiende a alargar temporalmente la situación vinculante hasta que se llega fórmular el deseo de una relación de continuada y estable.

El momento de la duda

Cuando la relación afectiva se ha estabilizado, resulta más probable que aparezca los análisis lógicos y los sentimientos de duda respecto la bondad de la relación. La duda es algo inherente al comportamiento humano, y la respuesta ante la misma varía tanto en función de la intensidad con que se presenta como con la capacidad decisoria del individuo.
La duda también aparece en las primeras fases de la relación afectiva, cuando uno se siente arrastrado por el torbellino de su impulso apasionado, pero no interfiere en la medida en que la ilusión y el afecto la vencen.
Evidentemente, la fuerza de la duda tendrá una relación clara con la calidad del entendimiento mutuo, los conflictos que puedan presentarse y la continuidad mutuamente expresada. Lo cierto es que tras una primera fase con predominio de la fuerza emocional y del impuso que provoca el enamoramiento, se produce una asimilación intelectual que puede llegar a cuestionar la decisión previamente tomada.

El riesgo de la vida en común

Esta duda, la mayoría de las veces, tiene menos incidencia e importancia que la fuerza de la ilusión y el amor.
Es una sombra que atraviesa, con mayor o menor intensidad, todos los niveles de la pareja. Sin embargo, en la medida en que se alarga la etapa de cristalización y estabilización de la pareja, retrasándose el paso a la etapa siguiente, se entra en un tipo de sub-estabilidad o, dicho de otra manera, en un asentamiento en la relación. Ello hace que el individuo sometido a esta situación se acomode a este estado intermedio y, de alguna manera, pierda parte de la ilusión y la expectativa por formar una pareja estable. Existen ciertos enquistamientos afectivos basados en un determinado nivel de amor, pero también en un creciente temor ante la posibilidad de no ser feliz en la posterior vida compartida.
Emprender una vida en común, sí además hay condicionamientos económicos negativos, representa un cierto riesgo. Con la ilusión inicial del enamoramiento y la fuerza de la pasión del primer encuentro se vencen con mayor facilidad las dificultades que sí se deja de sedimentar esta ilusión y se entra en una situación de estabilidad y de carencia de impulso para alcanzar otro tipo de convivencia.
Algunas parejas están alargando su relación porque se han instalado en una situación de duda, en la que no existe falta de afecto, pero sí de seguridad, pues se duda de poder alcanzar la felicidad con la otra persona.
El individuo ha descubierto los defectos y las limitaciones de su pareja cuando ya ha perdido la fuerza afectiva que supone el primer impulso.

Crisis generadoras de vida

Estas crisis de formación en las parejas no consolidadas constituyen un elemento generador de un nuevo tipo de vida. Es el caso de la persona que ha encontrado su pareja, pero que nunca vivirá en pareja. Ambos seres están afectivamente vinculados, y muchas veces sexualmente compenetrados, son intelectualmente compatibles y tienen inquietudes semejantes, pero carecen de la capacidad resolutiva de emprender una vida en común.
Algunas de estas parejas acaban en la ruptura, simplemente porque ha perdido el objetivo. El compañero/a,  constituye realmente el ser amado, pero no se encuentra la manera de canalizar esta situación. No cabe duda de que es tipo de crisis singular y relativamente moderna, en la medida en que se dan tres condicionamientos:
  • la facilidad con que las costumbres y actitudes actuales permiten a las parejas tener una vida sexual
  • la posibilidad de un conocimiento mutuo en profundidad; una relación íntima en lo personal y y lo afectivo al margen de la estabilidad de pareja
  • Y por último, un condicionamiento socioeconómico poco favorable para independizarse económicamente.
Las dificultades económicas

Este tercer factor hace referencia a las dificultades económicas de la juventud actual que inciden en el aplazamiento de la convivencia en común. En el hogar paterno, los jóvenes tienen resueltos los aspectos crematísticos básicos,  que ellos no podrán garantizar por la inestabilidad de su situación. El joven, o menos joven, tiende a mantener su estatus en el hogar familiar, perdiendo la ilusión por formar el propio hogar.
Sedimentación de los sentimientos

Ante esta situación de crisis de formación existen pocas recomendaciones psicológicas que puedan ser válidas. Cuando una pareja se conoce y se enamora, puede tener el suficiente empuje y coraje como para emprender una nueva vida con cierta temeridad o falta de reflexión, hasta superar dificultades de tipo práctico.
Pero, con la sedimentación de los sentimientos, se produce cierta pérdida de energía e ilusión, por lo tanto, se vuelven menos apetecible la aventura de emprender una vida en común. Otras parejas llegan establecer una vida de pareja muchos años después de haberse conocido, y muchas veces, se debe a presiones sociales más que a su propia voluntad. En ocasiones, incluso la pareja teme que se le pase la edad para tener hijos,  son parejas que unen sus vidas  “pasadas de tiempo”, y como les falta el empuje y la ilusión iniciales para tomar esta decisión, la frialdad de su decisión supondrá a lo largo de su vida una rémora personal y un lastre para establecer un compromiso ilusionado.

2.- La crisis de instauración

Son muchas las parejas, que al iniciar su vida en común, pierden la noción de aspectos puntuales de la realidad. Actuan llevadas por una serie de factores nuevos en su vida que tienen como base la satisfacción afectiva, pero se acompañan de una serie de elementos y circunstancias de tipo material, como por ejemplo, el estreno de su casa, vivir en un lugar distinto, tener por primera vez su propio hogar, iniciar un tipo de vida para el que de alguna manera han sido educados, etc.
A través de la instauración de la pareja, entran a formar parte de la cadena de consumo, y en mayor medida de lo que lo habían sido hasta entonces, sienten la fuerza del instinto de propiedad; la sensación del hogar propio y de la libertad inicial es grande y, en algunos aspectos irreal.
A esta situación llegan casi todas las parejas. Desde que decidieron vivir en común  hasta unos meses después de hacerlo, las parejas viven una serie de ritos sociales hasta acondicionar el hogar. Están viviendo el tiempo en el que todo parece nuevo y atractivo precisamente por ser nuevo,  poco a poco, que se desciende de la nube y se van asumiendo los aspectos más reales de la vida cotidiana.
Uno se percata de la dureza del trabajo y va perdiendo la ilusión por todos aquellos objetos nuevos que unos meses antes estrenó. Cuando entran en contacto con la realidad diaria, los elementos efectivos de la pareja son cuestionados o carecen de la suficiente fuerza entonces se plantea lo que se denomina crisis de instauración, que es precisamente uno de los mayores motivos de separación en todos los países.
Cuando se impone la realidad….

En esta etapa de la vida existen dos momentos especialmente conflictivos. Uno, pocas semanas después de iniciar la convivencia, cuando la realidad de lo cotidiano vuelve para imponerse por encima de la situación excepcional que supone todo el montaje que ha rodeado la unión se comprueba que la vida en común no están placentera como se había pensado, que la necesidad de trabajar muchas horas impide disfrutar de lugar en la medida en que se había deseado y que incluso se pueden añorar aspectos de la vida anterior, en la que había un grado menor de responsabilidad, etc.
El otro momento conflictivo se presenta alrededor del primer año de vida en común, cuando la pareja descubre la otra cara abriéndose un amenazador interrogante sobre su futuro. Sí se han dejado atrapar por el consumismo e invadir su vida por las respectivas familias, si no han sembrado el diálogo, la comunicación, la confrontación de ideas, el crecimiento de su afectividad y de su sensualidad e intimidad, los miembros de la pareja se encontrarán con que han perdido los elementos de relación interpersonal. Por lo tanto, no es de extrañar que una vez perdida la ilusión por todo lo nuevo, la pareja se encuentra con la dura realidad de lo cotidiano.

3.- La crisis de consolidación

El tercer tipo de conflicto aparece en la pareja ya consolidada definitivamente, o en la pareja que ya se ha constituido en familia. Las causas actuan fundamentalmente en tres niveles:
  • Pérdida de interés por el otro
  • Cambios de los objetivos personales
  • Y evoluciones distintas.
Existen crisis que se sitúan a los cinco o a los diez años de vida en común, también en relación con la crisis que supone cumplir 40 años o cuando los hijos dejan de necesitar tantos cuidados y, aparentemente, los padres como tales, pierden una directa funcionalidad.

Crisis por pérdida de interéses

Desde la perspectiva psicológica se sabe que en la evolución de la afectividad, cuanto más se conoce algo, menos impulso y pasión despierta. Lo conocido lleva a una respuesta más serena y menos apasionada. Lógicamente, dos seres humanos que conviven deben llegar a un conocimiento personal profundo, y por lo tanto, a un estilo interpersonal menos apasionado que el que puedan representar dos personas que se acaban de conocer y que se sienten llenas de interrogantes respecto a la forma de ser del otro.
Cuando se conoce profundamente una persona, se la ama intensamente, en correlación directa con este conocimiento, o bien se pierde todo el interés.
Muchas parejas siguen conviviendo sabedoras de que han perdido el interés mutuo. Ello se debe a varios motivos que se encadenan entre sí. Falta el esfuerzo para ser una pareja, el amor precisa del alimento del esfuerzo continuado; su ausencia se traduce en una falta de comunicación y en una decadencia de la relación sexual, ésta carece de creatividad y fuerza personal no teniendo otro interés que el de “aliviarse” de vez en cuando, en lugar de ser una búsqueda del cuerpo deseado y del placer, tanto personal como de la persona amada.

La convivencia rutinaria

A partir de la falta de esfuerzo y comunicación, se lucha fundamentalmente por evitar las aristas en la relación cotidiana, por ir obviando aquellos puntos de la propia personalidad que podrían molestar al otro, se establece una convivencia rutinaria y se vive el hogar como una especie de refugio, como un paraíso aburrido en el que prevalece el “ir haciendo” en lugar del diálogo.
Se pierde interés por la persona que se tiene cerca por un doble motivo. Por un lado, resulta demasiado conocida en sus formas y sus comportamientos inmediatos; por otro, resulta demasiado desconocida en la medida en que no expresa sus sentimientos y no hay diálogo. Con frecuencia se habla más con los amigos o vecinos que con la pareja. Ambos tienden a no abrir su interior a la persona con la que conviven, sobre todo con la insana obsesión de evitar discusiones. Ello produce un desconocimiento mutuo y consecuentemente, una falta de comunicación que lleva a perder el interés mutuo.
Por todo esto, no es infrecuente que uno o ambos miembros verbalicen expresiones del tipo “nos queremos como hermanos” o “mi pareja es mi mejor amigo/a, pero falta algo”, y otras de parecido contenido.
Desde un punto de vista psicológico, ya se han dicho que el roce cotidiano de la convivencia tiende a producir este tipo de situación, y que esta tendencia tiene la fuerza suficiente como para frustrar los mejores propósitos y las fuerzas afectivas inicialmente más intensas.
También contribuyen a ello el descubrimiento de las características monótonas de la vida. En la adolescencia se es capaz de imaginar un futuro y lleno de atractivo y apasionamiento; luego la realidad propicia el desengaño de lo tedioso. De la misma forma que un trabajo, en un principio apasionante, progresivamente se vuelve rutinario y menos atractivo, así mismo el objeto deseado pierde también atractivo en cuanto es por fin poseído, y los miembros de la pareja pierden interés mutuo al estabilizarse la conveniencia.
En ocasiones, uno o ambos miembros se obsesionan con esta situación y, en lugar de evitar los factores que la provocan, buscando una salida de forma activa, se instalan en una situación de análisis permanente. Este análisis nunca les podrá aportar la solución, pues la pérdida de interés no se produce en el nivel intelectual o lógico, sino que es una respuesta emocional y afectiva, y es precisamente en este terreno en el que se debe buscar la solución.
Por otra parte, es preciso tener presente que ciertas situaciones idílicas no son alcanzables y que la realidad impone ciertos matices y frenos al la “felicidad deseaba”. Es bueno ser consciente de ello, para no esperar de la vida de pareja más de lo que ella puede dar al individuo.

Los objetivos personales

El segundo tipo de crisis se produce por cambios en los objetivos personales. En cualquier momento  puede un hombre o una mujer padecer una crisis personal. Como resultado de ello, puede adoptar un cambio en su escala de valores que por ejemplo, decide que le interesa más o menos el dinero, la religión, los problemas sociales, etc..
No siempre esta nueva situación del sujeto o puede ser compartida por el otro miembro de la pareja. Éste es quien más puede sufrir la crisis de crecimiento de la persona con la que convive y comparte su vida, pues el exige un esfuerzo de una adaptación a la nueva manera de entender o vivir la vida. Un cambio en la estructura de la personalidad hace movediza la relación de pareja.
Los cambios de objetivos y de inquietudes personales, que en realidad son poco frecuentes, pueden comportar una crisis de pareja.
Hay mujeres para las que puede seguir siendo útil y favorable el tipo de vida de ama de casa, pero en cada vez más casos, no se plantea  este problema, pues de entrada ya trabajan ambos miembros de la parejaa y en ningún momento se fórmula que ella deba dejar de hacerlo.
Algunos grupos feministas afirman que el replanteamiento vital de la mujer respecto del hombre no ha ofrecido ningún cambio en la perspectiva de su vida. Esta afirmación tiene sentido si se observa que evidentemente la sociedad sigue teniendo aspectos de predominancia masculina. Sin embargo, resulta evidente el cambio de actitud de la mujer en general y su incorporación a la vida laboral y a la independencia económica.

Aceptar los cambios del otro

Junto a ese cambio de objetivos personales, que probablemente es el más frecuente en la actualidad, se dan otros planteamientos, quizás más profundos, como cuando la persona decide que el único objetivo de su vida no puede ser sólo el trabajo, o que todas sus ilusiones se centren en los hijos. Estos cambios pueden no haber sido bien explicados o comprendidos por el compañero/a, lo que provoca una situación de crisis.
La mujer suele evolucionar más que el varón en el seno de la pareja, debido en parte al condicionamiento que supone su maternidad.
El hombre también tiene replanteamientos vitales de carácter exógeno o endógeno
.- Factores exogenos, tienen como motivo principal circunstancias concretas, como los cambios en su situación laboral o en su posición frente al trabajo. Cuando a un hombre lo despiden y se queda sin trabajo, subida sufre un profundo cambio que incide directamente sobre la vida de pareja lo mismo sucede cuando se enfrenta a una situación laboral conflictiva que le lleva a trabajar muchas más horas o por el contrario, a no quemar en el trabajo todas las energías que consumía habitualmente;  no es infrecuente que, debido a motivos profesionales, el hombre establezca un debate interno sobre su existencia y adopte posiciones de escepticismo, de tensión o incluso de depresión, que puedan generar fuertes conflictos en su forma de vivir la vida afectiva.
Otro factor exógeno que afecta a la pareja son los episodios de infidelidad. 
.-Factores endógenos, cabe señalar la crisis personal que puede llevar a un análisis de la realidad distinto del que se hacía cuando se inició la vida en pareja y por tanto, llegar a cuestionarla.

La evolución personal dispersa

Un tercer tipo de crisis es la determinada por la evolución personal dispersa. Cuando un hombre y una mujer deciden compartir su vida, lo hacen porque les ha llevado a ello una determinada evolución personal. En otro momento compartían una serie de opiniones y proyectos y tenían perspectivas en común. Pero no necesariamente se han de mantener, pasado el tiempo, estos mismos objetivos tan clarificados.
No es extraño que uno de ellos tienda, por ejemplo, a una estabilización, aburguesamiento  o acomodación precoz de su vida, buscando la seguridad y huyendo de las inquietudes; o bien a realizar planteamientos más limitados de su realidad, bajar el nivel de sus intereses, preocupándose exclusivamente por la realidad económica o los problemas cotidianos más inmediatos, dejando de soñar o de aspirar con ilusión y entusiasmo a un enriquecimiento personal.
No es infrecuente que la evolución cultural de la pareja sea a dispar, mientras que a uno le gusta leer, formarse, integrarse en medios culturales, el otro sede se interesa completamente por estos temas. También puede observarse esta situación en los asuntos económicos mientras uno está obsesionado por el ahorro o el otro, es más altruista; uno vive pendiente del futuro abrumadoramente, y el otro vive de manera intensa el presente.

La importancia de la comunicación y del diálogo

Todo esto es posible, a pesar de que en una época de su vida ambos miembros de la pareja coincidieron en sus objetivos. Pero han seguido evolucionando, y ello les ha llevado a posiciones distintas. Esta situación es favorecida en la medida en que faltan el diálogo y la comunicación.
Cuando la pareja para exponiendo sus opiniones y sentimientos cambiantes a medida que se presentan, todo cambio resulta enriquecedor, siempre que no se produzcan antagonismos.
Estos se dan fundamentalmente cuando se producen largos silencios en la comunicación de las inquietudes individuales, abriéndose un verdadero abismo. Mientras uno tenga un nivel del cual el otro no participe, se producirá un distanciamiento personal que hará muy difícil la posterior comunicación e interrelación, coartando la posibilidad de que la pareja sea un ámbito íntimo y confiable de entendimiento y placer.

Una evolución dispar

Una situación que favorece este tipo de crisis se produce cuando cada miembro de la pareja lleva un tipo de vida completamente distinto. Por ejemplo, por necesidades económicas el varón pasa la mayor parte del tiempo trabajando fuera, mientras que la mujer permanece sola en el hogar, cuidando los hijos. Esta realidad hace que los estímulos que reciben uno y otro sean totalmente distintos cuando llega el fin de semana, los intereses son muy dispares: mientras el varón desea quedarse en casa, ver la televisión o simplemente descansar, la mujer el lugar sigue siendo la cárcel en la cual ha estado encerrada durante la semana, necesitando salir y distraerse,  si en estos momentos no hay comunicación y capacidad para pactar las mutuas necesidades, ambos buscarán compensaciones por distintos caminos y mecanismos
Esta evolución tan dispar lleva a la pareja a no reconocerse ni identificarse. Estas evoluciones personales distintas pueden ser muy enriquecedoras si la pareja encuentra un mecanismo adecuado para compartirlas, pero, en caso contrario, pueden llegar a constituir un conflicto tan serio que acabe en ruptura o en una situación crítica.

Formas de manifestación de la crisis
Hay distintas formas  de manifestarse las crisis en función de su duración, corta o larga, pueden ser crisis puntuales o instauradas; según se verbalicen o no de crisis larvadas o de manifiestas.

La crisis puntual
Se caracteriza por una situación que se presenta en forma brusca y sin antecedentes. Suelen tener un móvil concreto y detectable, aunque no único, porque su presentación acostumbra a ir precedida de una serie de condicionamientos que la hace imposible. Un ejemplo típico es la infidelidad, que raramente es un fenómeno aislado; por lo general la acompaña un cambio en la orientación laboral o una crisis económica grave, el estallido de una crisis existencial en uno de los miembros de la parezca, etc..
También pueden darse elementos exógenos que, sin ser propiamente fenómenos internos de la pareja, tienen una gran repercusión, generándose un enfrentamiento interno. En un momento dado, por ejemplo, los miembros de la pareja pueden estar en desacuerdo respecto de la educación de los hijos. La solución de las crisis puntuales, tanto se tiene una causa exógena como endógena, pasa por el análisis y la resolución el problema puntual. En ocasiones tiene un valor simbólico, por cuanto sirve para poner de manifiesto una crisis larvada.
Es importante señalar que prácticamente resulta imposible la existencia de una convivencia en pareja sin que se presenten crisis puntuales de mayor o menor trascendencia. En ocasiones, la crisis puntual puede tener causas anecdóticas e intrascendentes, pero que pueden llevar al cuestionamiento de la pareja. La bondad de estas situaciones estriba en su superación. En la medida en que se producen y se resuelven se fortalece la capacidad de la pareja para afrontar nuevas situaciones, a la vez que se favorece la individualización en el seno de la misma.

Las crisis instauradas

A diferencia de la crisis puntual, existen situaciones críticas que están instauradas en la pareja. Muchas parejas se han acostumbrado a vivir en una situación de cierto desencanto que les produce la convivencia; se han instalado en la crisis sin llegarse a plantear la salida de esta situación, ya sea a través de la resolución del problema o de la ruptura.
Son muchas las parejas que vive en su relación con desencanto. Se dan cuenta de que no alcanzarán jamás el nivel de felicidad mínimo esperable de una convivencia afectiva. A esta situación se llega de forma progresiva, sin aparatosidad es externas y frecuentemente sin antecedentes de crisis.

Ambos tipos de crisis pueden ser larvadas o manifiestas.

 Las crisis larvadas

Se producen cuando los miembros de la pareja no se atreven a verbalizar la profunda sensación de desengaño, desaliento o e insatisfacción que les produce su situación familiar; parecen creer que, mientras no se verbalizar, no hay riesgo de ruptura. Esta tendencia a ocultar la crisis puede ser compartida por ambos, que sienten que esa sensación de desánimo y fatiga no puede resolverse. Se reprime en las discusiones y desavenencias, a diferencia de lo que ocurre en las manifiestas; incluso la pareja puede dar la impresión de una aparente satisfacción y felicidad. En estas condiciones es imposible buscar la solución. A veces, uno de los miembros intenta plantear la situación de crisis e insatisfacción, pero el otro buscar excusas, justificaciones en razonamientos para convencerle de que no pasa nada, de que todo va bien y es normal que ocurran estas cosas.

Las crisis manifiestas
Suelen ser situaciones de tremenda o intensa tensión, en las que la pareja vive solo sumergida en la amenaza más o menos pertinaz de una ruptura o  un divorcio. Algunas personas tienden a instaurar a su alrededor situaciones genéricamente conflictivas. Son los inconformistas o insatisfechos que llegan a agotar al otro con sus constantes quejas. Estas crisis no se resuelven en la medida en que no existe voluntad de solución, si bien tienen la ventaja de ser explícitas.
Las peores crisis son las larvadas e instauradas, las que tienen un largo período de evolución y que no se explicitan mi verbalizar; en cambio las puntuales y manifiestas tienen peor pronóstico y son mejores para la pareja.
Desde un punto de vista práctico, la producción de frecuentes crisis puntuales y manifiestas es lo que da mayor estabilidad a la pareja. Es decir, si cuando aparece un conflicto, este se manifiesta y verbalizar, enseguida será fácil la solución, pues no llegará a instaurarse.

Fenómenos exponenciales de la crisis

El término exponencial engloba las actividades externas demostrativas de una situación de crisis en la pareja, aunque ésta no la haya verbalizado; vendría a ser una especie de detector de crisis. Un fenómeno exponencial ampliamente reconocido por toda la población es la infidelidad continuada. La infidelidad constituye uno de los conflictos que mayor trascendencia tienen en el seno de la pareja, desde posiciones de tolerancia que puede o no verbalizar se, hasta actitudes extremadamente posesiva psp e inquisidor as, que pueden concluir en celotipia, es decir en obsesión patológica producida por los celos.
Infidelidad y celos

Con frecuencia, respecto de la infidelidad existe una doble moral o un doble código ético. Intelectualmente, se comprende que es un tema menos trascendente de lo que a veces se plantea, considerándose que la tolerancia y la comprensión son las mejores actitudes uno uno por otro lado, se tiende a reaccionar irracionalmente cuando se vive una de estas situaciones. Los celos constituyen uno de los elementos que mayor desestabilización pueden producir en una pareja. Ante un episodio de infidelidad es muy importante saber escapar del análisis de lo sucedido y adoptar una perspectiva distante. Si uno es capaz de separar lo fundamental de lo accesorio y situarse en el plano de la situación deseada, avanzando hacia el futuro en lugar de quedarse en el análisis del pasado, el episodio de referencia puede ser superado incluso con facilidad. En cambio, si se analiza exhaustivamente y se pretende inculpar excesivamente al infiel, el hecho puede representar el fin de la pareja.
El aburrimiento de la pareja es otro factor destructivo. La pareja que se aburre demuestra estar en una situación de crisis, que, por lo general, se traduce en la tendencia al consumismo, más allá de la satisfacción personal que pueda encontrar cada individuo en su realidad inmediata

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