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sábado, 16 de marzo de 2013

Autoestima y felicidad

Quienes se empeñen en encontrar su verdadera identidad deberían repasar cuidadosamente la lista de posibilidades y elegir aquella por la que quieran apostar su felicidad. 
William Janés, principios de psicología, 1890

El término felicidad está cargado de connotaciones filosóficas, políticas, moralistas y metafísicas que se expresan a una amplia gama de definiciones, desde las más sencillas y populares a las más abstractas e incomprensibles. El mismo Aristóteles, hace casi dos milenios y medio, ya remarcó en su obra Moral, a Nicómaco que, si bien la felicidad es “el bien supremo de la humanidad” nadie se pone de acuerdo sobre su naturaleza pero concretamente, el gran filósofo escribió: “ las opiniones del vulgo están muy lejos de la de los sabios. Unos colocan la felicidad entre las cosas visibles que saltan a los ojos, como el placer, la riqueza o los honores, mientras que otros la sitúan en otra parte. A este desacuerdo hay que añadir que la opinión de un mismo individuo varía muchas veces sobre lo que es la felicidad: si está enfermo, cree que es la salud; si es pobre, que que es la riqueza; y cuando la persona tiene conciencia de su ignorancia, se limita a admirar a quienes hablan de la felicidad en términos pomposos”.
Lo cierto es que la diversidad de opiniones es comprensible, pues, como ocurre con la autoestima, la felicidad es algo personal, privado y subjetivo. Por otra parte, aunque no nos pongamos de acuerdo cuando tratamos de definir la con palabras, creo que todos la reconocemos cuando la sentimos. En el terreno de la investigación, para minimizar la imprecisión semántica a la hora de explorar y medir el sentimiento de felicidad en las personas, los expertos e investigadores que tratan este tema prefieren utilizar el concepto más descriptivo de “ satisfacción con la vida en general”. Esta es una buena definición. Con todo, para entendernos, cuando uso el término felicidad me refiero a un estado de ánimo positivo y placentero, un sentimiento bastante estable de bienestar, que suele acompañar a la idea de que la vida, en general, es satisfactoria, tiene sentido, merece la pena.
Decenas de estudios a lo largo y ancho del mundo, como los de Michael Argylle, Ed Diener y Ronald Inglehart, por firmar lo que vengo repitiendo en estas páginas: la gran mayoría de la gente se aprecia sí misma, aunque los motivos varíen de persona a persona. Resulta curioso que esta misma mayoría no sólo se declara que se aprecian sí mismos, sino que además se creen más dichosos, más optimistas, más inteligentes, más sociables, más saludables, más éticos y más objetivos que la media de la población.
Con independencia de la dosis de egotismo o de parcialidad a favor de uno mismo, desde el punto de vista de la evolución de nuestra especie, esta aparente abundancia de alta autoestima no debería sorprendernos. Las personas que se valoran tienden también a sentirse valoradas por los demás, a mantenerse vinculadas al grupo social con el que conviven, desean quedar bien ante sí mismas y ante los demás, y están predispuestas a progresar, a mejorar su condición y a superarse. Con este fin, emprenden con optimismo proyectos socialmente constructivos y se marcan metas y objetivos alcanzables.

Otro acompañante frecuente de la buena autoestima es la sensación de controlar razonablemente el propio programa de vida. Cuando la persona piensa que esta sentada en el asiento del conductor, que dirige su destino, manda sobre sus decisiones y gobierna su día a día, se siente más segura y contenta consigo misma que cuando se ve impotente hoy capaz de dominar las circustancias. Todas estas cualidades fortalecen las probabilidades de supervivencia y refuerzan la motivación para reproducirse, algo que se observó sobre todo en los tiempos ancestrales en los que la evolución jugó un papel determinante.
Un dato ampliamente comprobado es que existe una conexión entre la alta autoestima saludable y la satisfacción con la vida en general de las personas concretamente, los hombres y las mujeres de cualquier edad, que se gustan y se aceptan a sí mismos, suelen sentirse razonablemente felices. De hecho, como demostró el profesor de psicología de la universidad de Michigan, David G. Myers en su exhaustiva revisión de investigaciones al respecto, el indicador que predice con mayor seguridad el nivel de satisfacción con la vida de una persona es su nivel de satisfacción consigo misma. Y esta relación es bastante conocida. Entre el 75% y el 85% de los hombres y mujeres encuestados sobre este tema en estudios multinacionales seleccionan “tener una buena opinión de uno mismo” como un componente “ muy importante” de su dicha. Más aún, ningún participante considera al factor autoestima irrelevante para sentirse felices.
A la hora de averiguar si una persona es dichosa, no nos ayuda saber si es hombre o mujer, casada o soltera, viuda o divorciada, si vive holgadamente o pasó apuros, ni sí es físicamente atractiva o de apariencia corriente. Tampoco nos ayuda a conocer si es muy inteligente o de intelecto ordinario, si es nativa o inmigrante, si tiene quince o setenta años, o si es abogado o fontanero. La mejor pista para aceptar es saber en qué medida goza de una alta, saludable y constructiva auto valoración de sí misma.
La autoestima es tan valiosa que la protegemos a toda costa, contra viento y marea. Como ya he apuntado, la defendemos pese a tener que tergiversar los hechos desfavorables y optar automáticamente por explicaciones que nos beneficien, aunque éstas sean ilusorias o, incluso, impliquen comparaciones ventajosas o la devaluación de los demás.
No obstante, aunque una buena autoestima constituye una pieza indispensable de la dicha, no es una condición suficiente.
Me explico: en el camino tortuoso de la vida hay hombres y mujeres afligidos por males dolorosos o percances implacables que, sin tener relación alguna con su grado de autoestima, les arruinan sus probabilidades de sentirse felices con por ejemplo, el dolor recurrente y recalcitrante es un veneno de la felicidad que no suele socavar directamente la autoestima de los afligidos.
La función natural del dolor es servirnos de alarma y avisarnos de que alguna parte de nuestro cuerpo sufre una dolencia un desarreglo, lo que nos impulsa a tomar medidas para protegernos. Pero a veces el dolor es tan insoportable que nos traiciona y nos destroza la vida. Si bien la medicina cuenta hoy con poderosos remedios analgésicos, hay dolores crónicos intensos e indomables que consumen la alegría de los más resistentes. Sirva de ejemplo el martirio que sufren algunos enfermos de neurálgicas o migrañas y los afligidos por cáncer es que les invaden los huesos. Por otra parte, ciertas enfermedades crónicas del cerebro, del corazón y de los pulmones, o las secuelas de traumatismos graves, sin ser tan dolorosas, pueden causar incapacitaciones intolerables, pues destruye  la autonomía y la aptitud para participar en la sociedad y mantenernos conectados con los demás.
Otro veneno de la satisfacción con la vida, que no necesariamente dañan la auto valoración positiva o el aprecio de uno mismo a no ser que uno se culpabilice, es la muerte de un ser querido. Para los niños, la pérdida de la madre o del padre, es el golpe más cruel. Para los adultos suele ser el fallecimiento de la pareja o de un hijo. Aunque con el paso del tiempo y el proceso natural de duelo la gran mayoría de las personas se recupera en 10-12 meses de estas pérdidas sentimentales, para algunos desafortunados la desaparición irrevocable de un ser querido se convierte en una herida permanente termina irremediablemente su alegría.
Como vemos, la relación autoestima-felicidad no es una relación unidireccional sencilla y clara de causa-efecto. Esto me hace recordar preguntas tan proverbiales e incontestables como la que se hizo el príncipe en su canto  a cenicienta: “¿te amo porque eres bella, o te veo bella porque te amo?”. O la que se hacen algunos naturalistas: “¿vuela el pájaro por que tiene alas, o tiende alas porque vuela?”

La relación entre la dicha y la autoestima es una relación de compañía en la que la felicidad siempre va de la mano de la autoestima saludable, pero como hemos visto, la buena autoestima también puede acompañar a personas que no son felices por causa de desgracias imponderables.

Con todo, lo normal es que una autoestima favorable, basada en el sentido de control sobre la propia vida y la capacidad para adaptarse a los cambios y superar los reveses, suponga una cuasi garantía de felicidad para cualquiera. Por todo esto , entender las claves del autoestima, su construcción, sus ingredientes y su papel en nuestra satisfacción con la vida en general es una inversión muy segura y muy rentable. A fin de cuentas, ¿hay algo más determinante en nuestra vida que cómo nos sentimos con nosotros mismos?

3 comentarios:

  1. Estamos enj un mundo de apariencias...eso nos hace infleices...corremos tras la zanahoria y nos cuesta conectar con nosotros...nos olovidamos que la felicidad está dentro...

    Muy bueno el resumen

    Petons

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  2. Aprender a quererse, a mimarse, a perdonarse y un largo etcétera, cuesta, pero merece la pena. La propia estima es delicada: ni muy alta ni muy baja; en el justo término está la felicidad y la sensación de estar a gusto, sin egoísmos ni depresiones.

    Como siempre, interesantísimo tu artículo, Anna. ¡Qué completa eres! Una mujer renacentista sin duda, me gusta.

    Un beso enorme desde Úbeda (una escapadita finsemanera).

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  3. Un artículo a tener en cuenta, Anna.
    Dice un amigo mío que la felicidad está básicamente en buscar el término medio de todo; es decir, no abusar de nada ni quedarse con las ganas de probar o hacer algo.
    Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

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