viernes, 8 de marzo de 2013

Reflejos del mundo exterior. Individualismo-colectivismo. Competitividad

Querida Srta. Corazones- solitarios:
Escribo porque necesito su consejo. Tengo ya 16 años y me gustaría tener amigos y salir los sábados como las chicas de Miera, pero ningún chico quiere salir conmigo porque nací sin nariz, aunque bailo bien y no tengo mala figura. Todos los días me miro al Espejo y lloró. Tengo un agujero en medio de la cara que asusta a la gente e incluso a mí misma, así que no puede ocultar a nadie por no salir conmigo. Mi madre me quiere, pero llora desconsoladamente cada vez que me mira.
¿Qué habré he hecho yo para merecer esta terrible suerte y nacer así?
Le he preguntado a mi padre y dice que quizá hice algo en el otro mundo antes de nacer, o quizá sea un castigo por sus pecados. Yo pienso que no porque mi Padre es muy buena persona.
¿Cree que debería suicidarme?
Desesperada
Nathanael West
Señorita Corazones- solitarios 1962

El concepto  de uno mismo está condicionado por múltiples factores externos. Depende en gran medida de la opinión que forman y tienen sobre nosotros los seres importantes en nuestra vida. Durante la infancia la persona de más peso suele ser nuestra madre, seguida de nuestro padre y demás cuidadores y educadores. En la adolescencia las opiniones sobre nosotros que expresan, o achacamos a, nuestros compañeros de grupo social importan mucho.
Aunque como seres sociales que somos vivimos constantemente expuestos a los pareceres de otros, en realidad nuestra auto valoración se parece más a la percepción que tenemos de cómo los demás nos evalúan que la verdadera valoración que los demás hacen de nosotros. Esta es una prueba más del predominio de la subjetividad sobre la realidad objetiva. Es decir me veo a mí mismo como creo que los demás me ven y no necesariamente como los demás realmente me ven….

Es curioso que frente a las numerosas dudas y ambigüedades que plagan casi todas las parcelas de la vida, en lo que respecta a nuestra identidad tendemos a creer que hay una verdad y que alguien conoce esa verdad. Pero ¿qué verdad aceptamos de nosotros mismos?, ¿nosotros?, ¿nuestros padres?, ¿nuestros amigos?, ¿nuestros maestros y educadores?.

Es razonable pensar que somos los verdaderos expertos en nuestro “yo”, que sí hay un tema del que sabemos más que nadie es de uno mismo. Sin embargo no pocas personas dan esa autoridad a otros, o consideran que otros las conocen mejor.
Si preguntamos a alguien “¿quién crees que realmente te conoce?,¿quién sabe lo que de verdad sientes y piensas por dentro?,
 Probablemente nos daría el nombre de un ser cercano que detecta por sí mismo cuando ve que algo no va bien en su vida, nota cuando se siente preocupado o triste, o si disimula su desconsuelo y aparenta estar contento, e intuye cuando miente y se siente culpable por algo que ha hecho.

Es cierto que algunas personas captan cómo nos sentimos, adivinan nuestros deseos y aspiraciones sin que tengamos que expresarlos verbalmente. Aunque es una situación que se presta bastante a la fantasía y al enigma, no cabe duda que actualmente en Barcelona, Madrid, Nueva York, Buenos Aires, París o cualquier otra ciudad del mundo occidental miles de personas van al psiquiatra o al psicólogo a conocerse mejor, porque dan por hecho que estos profesionales pueden descubrir tendencias o temores inconscientes ocultos para ellas y saben, o pueden llegar a saber, de ellas más que ellas mismas.

Los niños tienden a pensar que quienes los conocen bien saben las acciones buenas o malas que han hecho. Con los años esto cambia, poco a poco la mayoría de los adultos se convencen de que nadie les puede conocer mejor que ellos mismos.

En general, es más fácil discernir a quién le caemos bien que a quién le caemos mal. Somos más receptivos a las opiniones positivas que a las negativas y, como cabe esperar, el impacto es mayor si los dictámenes o juicios provienen de personas que valoramos o que son importantes para nosotros.

Con todo, no es corriente que las personas expresen abiertamente sus opiniones a otros, especialmente si éstas no son desfavorables. Lo mismo ocurre en las relaciones íntimas. El comentario “esto  no te lo diría ni tu mejor amigo” después de hacer una crítica negativa o un reproche, sólo suele hacerse si la persona lo solicita directamente.

Costumbres, creencias, principios y el abanico inmenso de las prioridades de la sociedad y los valores de la cultura en la que crecemos y vivimos impregnan y moldean el concepto que formamos de nosotros mismos. Muchas de estas pautas y expectativas son explícitas, aunque algunas son sobreentendidas. Todas no se sirven sin embargo, de puntos de referencia y nos ayudan a forjar nuestros propios ideales e inclinaciones. Los ejes transmisores de estos valores de la época que nos toca vivir son las personas mayores, los educadores, los medios de comunicación y los personajes o líderes populares.
La búsqueda de un equilibrio entre los atributos ideales que se persiguen y las probabilidades reales de conseguirlos es una tarea determinante a la hora de cimentar la imagen que cada uno termina formándose de sí mismo.
 Es de sentido común que cuando mayor sea el desnivel entre las aspiraciones y las oportunidades más difícil resulta desarrollar el concepto positivo de uno mismo. Es decir, cuanto más lejos estén nuestros deseos de lo que, objetivamente, está a nuestro alcance, más probabilidades tendremos de fracasar en nuestra empresa.
 Por eso las sociedades que facilitan a sus ciudadanos la consecución de sus aspiraciones y metas, o que promueven como deseables objetivos reales y posibles, fomentan en ellos la perspectiva favorable y esperanzadora de sentirse satisfechos.

Harry C. Triandis, Profesor de psicología de la universidad de Illinois, estudió muy a fondo cómo el concepto de uno mismo está moldeado por los valores culturales de la sociedad en que vivimos. Naturalmente, estos valores influyen en la forma, más o menos rígida o abierta, en que los niños son guiados por sus padres, en las normas de conducta en la que son educados, en las cualidades por las que son valorados y en los argumentos que son utilizados para moldear sus comportamientos.

En Estados Unidos, por ejemplo, donde se valora el talante firme, seguro y asertivo, y la decidida expresión del sentir de uno mismo, se dice: “ la rueda que chirría es la que recibe la grasa”.
En Japón, sin embargo, se prefiere la cautela y se advierte: “ la uña que sobresale es la que recibe los golpes”.
En Europa, muchos padres que intentan convencer a sus hijos pequeños para que se coman la cena recurren al argumento o siguiente: “ piensa en los pobres niños de Africa que se mueren de hambre y date cuenta de lo afortunado que eres” .
En la misma situación, los padres chinos suelen decir: “los labradores que trabajaron duramente para producir este arroz para ti sentirían que sus esfuerzos fueron en vano si no te lo comes” .

Aunque ambos argumentos utilizan el sentimiento de culpa como incitador para el que el pequeño coma el plato de comida que no le apetece, en el caso de los europeos la idea es que lo deben hacer como reconocimiento a su buena fortuna en comparación con los africanos, mientras que en el caso de los chinos es muestra de agradecimiento a los trabajadores que produjeron los alimentos.

Los empleados de un supermercado japonés, recientemente inaugurado en el estado de Oregon, recibieron la orden de darse la mano antes de empezar la jornada laboral, y decirse unos a otros: “¡tú eres magnífico!” . Los americanos dirían: “¡soy un tipo estupendo!”
En resumen, los japoneses se motivan siendo elogiados por compañeros, y los americanos lo hacen ensalzandose a sí mismos.


Curiosamente, hay instituciones capitalistas por excelencia que consideran que el éxito está reñido con el protagonismo individual. Es el caso de la firma multinacional de inversiones financieras Goldman Sachs, con sede en Wall Street.
 Las ganancias económicas de esta empresa son tan espectaculares que en las navidades de 2006 repartió en concepto de bonos unos 11mil millones de euros entre sus empleados.
 Fundada en 1869 por el inmigrante europeo Marcus Goldman, esta prestigiosa institución se distingue por evitar tajantemente, la “cultura del estrellato”. De hecho la empresa, prohíbe, por contrato, a todos sus empleados hablar y mucho menos presumir de sus logros en público.
 Pese a que el ambiente de trabajo de Goldman Sachs es legendario por su intensa competitividad, y por contar con el éxito sin dejar espacio a la duda, el “ego” de cada directivo es “recortado” desde el primer día.
 La empresa es lo primero, lo segundo y lo último.

La revista The Economist, en la que los periodistas publican anónimamente sus reportajes y artículos, es otro ejemplo similar en cuanto  a la orientación antiego de los trabajadores.

En el estudio llevado a cabo por Triandis y sus colaboradores, pidieron a numerosos grupos de personas en varios países que completarán con un sustantivo hubo adjetivo la frase “ yo soy…” veinte veces. En las sociedades individualistas, como Estados Unidos y algunos países de Europa, donde las necesidades y metas del individuo tienen preferencia sobre las del grupo, o son bien toleradas la diversidad y la desviación de las normas por parte de los ciudadanos, los resultados del estudio mostraron que las personas se describe a sí mismas con conceptos personales como “yo soy abogado”, “soy aficionado a la música”, “tengo un temperamento tranquilo”, “soy muy religioso” .
Por el contrario, los ciudadanos de sociedades colectivistas, India, Japón, China por ejemplo, donde priman la homogeneidad, el sentido comunitario y el orgullo de pertenecer a un grupo, las personas tienden ha de escribirse en términos del grupo al que pertenecen:yo soy miembro de la hermandad de pescadores”, “soy solidario con mis vecinos”, o “me considero un buen proveedora de mi familia”. En las culturas individualistas la gente es también más propensa a revelar sus defectos y experiencias negativas que en las colectivistas .

En las sociedades individualistas ser independiente también se considera una cualidad y depender de los demás se ve como un defecto. Se tiende a pensar que los pobres y socialmente marginados son responsables de su desventura. Por el contrario, en los países donde predomina el sentido de colectividad, la dependencia y la cooperación dentro del grupo al que uno pertenece se consideran virtudes. Asimismo, la buena o mala fortuna de los individuos se interpreta como una responsabilidad del grupo.

Como vemos, las personas somos capaces de incorporar una variedad sorprendente de rasgos a nuestra identidad y forma de ser, que guardan una muy estrecha relación con los valores culturales de la sociedad en la que vivimos. Por eso, el concepto de uno mismo como individuo, con ideas propias, atributos singulares y comportamientos que responden principalmente a un repertorio particular de creencias personales, en menoscabo de las ideas y prioridades de los demás, es más frecuente en las sociedades con fuertes tendencias individualistas de occidente.

Ocurre lo mismo con la aspiración de realizarse y desarrollar los talentos personales y el respeto por los deseos, derechos y responsabilidades individuales. A diferencia de occidente, otras culturas menos individualistas dan prioridad a la conexión solidaria entre los seres humanos, por lo que un imperativo de estas sociedades es mantener  los vínculos de dependencia entre las personas. Está preeminencia del ser social se refleja más tarde en los juicios, decisiones y actividades de los individuos que habitan en estas culturas.
Igualmente, los estadounidenses utilizan los calificativos de “independientes”, “atractivo físicamente”, “competitivo”, “inteligente” o deportista, e incorporan sus posesiones o triunfos en concepto de sí mismos con mucha más frecuencia que los japoneses, los indios o los chinos. Estos últimos se definen en términos de sus relaciones o enfatizan sus actitudes o virtudes comunitarias. Por otra parte los estadounidense se definen también como “optimistas infelices” con más facilidad que los europeos. ….

Otro ingrediente de la personalidad muy arraigado en la cultura occidental es la competitividad. Los medios de comunicación fomentan sin cesar el argumento de que vivimos en una lucha continua en la que los fuertes sobreviven. Este mensaje es constantemente representado en la lectura de ficción y de no ficción, en el cine y el teatro, en los deportes, en los juegos en los vídeos. Nuestra cultura exalta la rivalidad. Se admira el triunfo conseguido en situaciones de enfrentamiento,  que siempre requieren un vencedor y un vencido; el escenario de la pugna puede ser la familia, la escuela, el trabajo y las actividades lúdicas.

*** El domingo pasado que,  en Barcelona,  lucía un sol explendido, paseando por la Barceloneta, un padre le decía a su hijo pequeño que no quería caminar:
¡Vamos, vamos, camina!.
El niño refería estar cansado y se recolgaba de la mano de su padre, que tiraba de él.
_¡vamos,vamos! ¿no ves que tu hermana que es niña no se queja?.
Unos pasos adelante iba la madre de la mano de su hermanita más pequeña que él.***

Ciertos valores son comunes en casi todas las culturas es el caso de la idealización de los atributos de la masculinidad, los estereotipos viriles, las imágenes del hombre duro, agresivo y dominante, que mantiene a toda costa una apariencia de confianza en sí mismo. Un ser altivo que reta sin miedo y no expresa sentimientos. Esta imagen masculina impregna la subcultura de los niños y adolescentes, sus lecturas, sus programas televisivos y sus juegos. A medida que crecen, incorporan a su identidad estos rasgos altamente valorados en su entorno. Muchos expertos han achacado al cultivo de estos ideales la más acusada inclinación hacia la violencia que existe en el mundo entre los hombres en comparación con las mujeres.

Texto Rojas Marcos 

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